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Vacuidad y libertad interior desde una perspectiva budista

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Shunyata. La vacuidad no es una idea lejana ni puramente teórica.

Toca directamente como vivimos, como sufrimos y como buscamos ser felices.

La vacuidad es más bien una herramienta, una manera distinta de mirar el mundo, de entender cómo nos relacionamos con lo que nos rodea.

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Hoy

vamos a hablar

de una idea central
en el budismo,

la vacuidad.

O, como se dice en sánscrito,
shunyata.

Shunyata. La vacuidad

no es una idea lejana ni
puramente teórica.

Toca directamente como vivimos,

como sufrimos
y como buscamos ser felices.

La vacuidad

es más bien una
herramienta,

una manera distinta de mirar el
mundo, de entender

cómo nos relacionamos con
lo que nos rodea.

Ahora bien,

empecemos por lo
básico, lo elemental.

Todos los seres humanos en
el fondo queremos lo mismo, 

ser felices

y evitar
el sufrimiento.

Eso es universal,

todos de una manera u otra vamos por ahí buscando
bienestar.

Pero hay un problema,

lo que
solemos asociar con la felicidad,

casi siempre depende
de cosas externas.

Una pareja, un trabajo,

cierto objeto,
fama, honor, reconocimiento y

todo eso es inestable, temporal,
no dura, cambia.

Y finalmente

desaparece.

Entonces, ¿qué pasa?

La felicidad basada en cosas externas
es frágil y volátil.

El budismo no nos culpa, dice que es
así como funciona nuestra mente.

La insatisfacción está arraigada en cómo
percibimos la realidad 

y ahí es donde la vacuidad nos propone
mirar de nuevo.

Cuestionar eso que damos por
hecho, 

reconocer

que nada tiene una identidad fija,
sólida o permanente.

Si,

al principio puede

descolocar un poco, pero también abre
una posibilidad.

Nos permite soltar ciertos apegos

y empezar a vivir con un poco
más de ligereza.

Ahora bien.

Según el budismo,

la mente no
es un simple receptor.

No se limita a reaccionar a
lo que ocurre afuera.

Más bien tiene un papel activo,
muy activo de hecho.

La mente no sólo interpreta lo que vivimos,
también contribuye a generar

tanto el sufrimiento como
la felicidad.

Y aquí está la clave.

Pensemos en un caso muy común.

Alguien que parece tenerlo todo, buen
sueldo, una bonita familia, 

éxito profesional, respeto social y sin embargo,

siente que algo le falta.

Un vacío,

una tensión constante,
no se siente en paz.

Ahora, comparemos con otra persona,

que a pesar de tener muy poco,

quizá incluso enfrenta a dificultades reales,

mantiene una estabilidad
emocional sorprendente.

No se trata de que todo le vaya
bien,

pero tiene una especie de equilibrio, 
una sensación real de bienestar.

Entonces, ¿en qué se diferencia?

¿en qué se diferencia?

El budismo responde con claridad.

La diferencia está en el
estado mental.

No en lo que tenemos o dejamos de tener,
no en las posesiones o en las carencias, 

sino en cómo nos relacionamos
con lo que vivimos.

Entonces,

¿qué enreda nuestra mente?

El budismo responde que las kleshas o emociones
perturbadoras, las kleshas,

apego, aversión, ignorancia, y no se trata
de simples emociones pasajeras,

es más que estar triste un rato
o enfadarse un momento,

son,

se trata de patrones muy arraigados,
formas de reaccionar,

que ya tenemos casi automatizadas 

y que distorsionan nuestra forma
de ver las cosas.

Lo que mantiene el sufrimiento

es cómo interpretamos las ocurrencias
externas.

Examinemos las emociones
perturbadoras.

Empecemos por el apego.

El apego

aparece cuando deseamos
algo con fuerza.

¿No? Cuando creemos que tenerlo, poseerlo,
nos va a hacer felices.

¿Si? Puede ser un objeto,

una persona,

incluso una idea, un conocimiento, y aquí
viene la paradoja.

Cuanto más queremos algo, menos
lo disfrutamos.

Pensemos en algo muy simple.

Nuestro postre favorito.

El primer bocado delicioso.

El segundo, también.

Pero si seguimos comiendo
sin parar, con ansiedad, 

el placer se
va desvaneciendo, y al final

puede empezar a resultar desagradable,
por no decir finalmente una verdadera tortura.

Así nos disturba el apego.

¿No?

Continuemos con la aversión.

Bueno, la aversión

es esa reacción automática de rechazo ante
lo desagradable.

Puede parecer que es una defensa
como si nos protegiera.

Pero en realidad nos añade
más sufrimiento.

Pongamos un ejemplo. Sentimos
dolor físico.

Que ya de por sí eso es difícil,

pero si encima nos enfadamos

por tener dolor o nos entristecemos
y nos frustramos,

el malestar se duplica.

Entonces tanto el apego como
la aversión nos atrapan.

¿Y de dónde vienen estas
dos tendencias?

De una base común.

Una manera equivocada de
ver la realidad.

Detengámonos a profundizar
en este punto.

Creemos que las cosas son
fijas, que son permanentes 

o que existen de
forma independiente.

Pero no es así.

No es así.

Y justo la vacuidad nos ayudará
a comprenderlo.

La vacuidad

a menudo se malinterpreta. Algunos creen

que es una forma
de negar la realidad.

Pero no es eso.

Nos enseña que nada en este mundo
tiene una existencia autónoma.

Nada existe por sí solo de
manera independiente.

Todo lo que vemos, todo lo que experimentamos, 

surge en relación
con otras cosas.

Depende de causas, de condiciones,
de contextos.

Y para entenderlo mejor, usemos
un ejemplo clásico.

Una silla.

Pensamos en una silla como un objeto
sólido y definido.

Pero si la miramos con más
atención todo cambia.

Una silla está compuesta por partes.

Las patas, el asiento,
el respaldo, etc.

Ahora bien,

¿alguna de esas partes
por sí sola es la silla?

No.

Y el conjunto de partes, tampoco.

Porque solo es silla cuando nuestra
mente la reconoce como tal.

Igual pasa con todos los objetos,
las personas.

Incluso con nosotros mismos,
nada existe

de forma fija, cerrada
o independiente.

Todo es interdependiente.

Todo se construye en relación.

Eso es precisamente, lo que
revela la vacuidad.

Comprender esto cambia

muchas cosas,

porque,

si las cosas no tienen una existencia
inherente,

si no son tan sólidas como creemos,

entonces nuestras emociones
destructivas

también se apoyan

en un error de base.

Por ejemplo, pensemos en la ira.

Al enojarnos con alguien,

lo culpamos como si su maldad fuera inherente.

Pero claro,

su actitud tiene historia y
contexto, 

su conducta surge de causas, de condiciones,
de vivencias.

La solidez que le atribuimos
es una construcción mental 

y esa visión

alimenta el enfado,

lo vuelve más rígido e intenso.

Aquí entra en juego la próxima klesha,

la ignorancia
o avydia. 

Pero atención, avydia,

no es ignorancia

como se entiende

en occidente como falta de
información o de conocimiento, 

no nos ayudará
leer más libros.

Cuando Oriente habla de avydia
o ignorancia

está hablando de algo más
elemental,

una forma distorsionada de percibir
la realidad. 

La raíz del problema es creer que los
fenómenos existen de forma independiente.

Y para superarlo,

no basta con saberlo 
con la cabeza,

hace falta cambiar la
forma en que vemos las cosas.

En ese punto la vacuidad 

deja de ser concepto

para volverse una práctica viva,

una forma
distinta de mirar,

de relacionarnos con nuestros
sentimientos,

pensamientos y con los demás.

Este proceso comienza con la reflexión analítica.

Al principio usamos el razonamiento conceptual

para examinar la naturaleza de los fenómenos.

Sin embargo, el objetivo final no es quedarnos
en el nivel intelectual, 

sino alcanzar una
experiencia directa de la vacuidad. 

Esta experiencia transforma 
la mente de una manera radical,

eliminando las bases del sufrimiento 

y permitiendo una relación 
más armónica con el mundo.

Esto también cambia.

¿Cómo entendemos lo que
llamamos yo? 

Muy importante.

Presten atención.

Normalmente,

normalmente pensamos que
el yo es firme y permanente, 

como si hubiera
un núcleo

inmutable dentro de nosotros
que siempre está ahí. 

Pero cuando examinamos
esa idea con más cuidado, 

algo se vuelve evidente.
Ese "yo"

no se puede encontrar ni en el cuerpo,
ni en la mente,

ni en la mano, ni en el pie,
ni en la uña, ni en el ojo. 

No hay...

No hay una parte
de nosotros 

que por sí sola sea el yo.

Ese yo es más bien una etiqueta, 
una construcción

que depende de muchísimos factores biológicos,
mentales,

sociales, incluso lingüísticos.

Y descubrir esto tiene un efecto muy liberador,

porque al soltar esa imagen rígida de 
un "yo" separado e independiente,

también aflojamos otras emociones
que giran en torno a ella. 

El orgullo, los
celos, la inseguridad,

todos surgen del apego a 
esa idea fija de uno mismo. 

Ahora bien,

es importante decirlo.

La vacuidad no es solo
una teoría para pensar. 

Tiene aplicaciones concretas.

Cambia nuestra vida y
nuestra relación con los demás. 

Cuando
comprendemos que

muchas de nuestras emociones destructivas

vienen de una percepción
equivocada,

empezamos a actuar de otra manera.

Podemos, por ejemplo,

disfrutar algo sin necesidad
de aferrarnos a ello, 

sin esa ansiedad de que
no se acabe o que no cambie,

que permanezca. ¿No?

Y eso

nos permite vivir momentos agradables
con más calma,

sin miedo a perderlos.

Y del mismo modo al entender

que todos los seres dependen

unos de otros, que nadie
existe de forma aislada, 

surge algo muy importante,
la compasión.

La empatía también nace
ahí, no de una obligación moral, 

sino de reconocer
que todos compartimos

esta red de causas y condiciones. 

Y esto nos lleva a una idea
muy importante.

Entender la vacuidad no
significa dar la espalda al mundo. 

No se trata
de renunciar a todo ni,

ni de vivir desconectados, todo lo contrario.

La vacuidad nos invita a

relacionarnos con el mundo
de otra manera,

con más lucidez, con más
libertad. 

No es rechazar los placeres, es
verlos tal como son,

reconocer que tienen un valor
pero también un límite. 

Y desde ahí,

empezar a buscar formas de bienestar 
que no se derrumben

de la primera dificultad.

Formas de felicidad
más sostenibles que no estén atadas

a que todo salga como queremos.

Porque cuando ese bienestar
nace de un estado mental más equilibrado,

más consciente,

no depende tanto de lo
que pasa fuera.

Y eso, en definitiva,

nos permite vivir con más estabilidad, 
serenidad y apertura.

La vacuidad, entonces, no es
una idea abstracta,

ni algo reservado a los monasterios
o a los libros de filosofía. 

Es una guía práctica, 

una forma de transformar cómo vemos
el mundo 

y cómo nos relacionamos con él. 

Nos ayuda a liberarnos de esas 
cadenas invisibles

que nos atan al sufrimiento innecesario y lo
más importante, 

nos orienta hacia un tipo de bienestar
más genuino.

Un bienestar que nace de
comprender con claridad 

cómo son realmente
las cosas.

No como quisiéramos que fueran
sino tal como son.

Y en esa comprensión hay una
libertad real, 

una libertad que se vive, que se
cultiva y que se puede compartir. 

Al integrar
la vacuidad en lo cotidiano, 

percibimos con más
claridad. 

Y en esa claridad

surge un bien preciado,
el equilibrio, 

un equilibrio que nos resguarda de
caer en los extremos. 

La vacuidad es un silencio profundo
que resuena

en el corazón de todas las
cosas. 

Es el espacio entre el latido y la pausa,

entre la luz y la sombra,

donde todo surge, existe
y se desvanece.

Al contemplarla entendemos
que el mundo no es una cadena de certezas,

sino una danza de interdependencias.

Es en esa danza

donde se disuelven las fronteras 
que nos separan,

donde el yo y el otro se funden en una corriente
incesante de cambio. 

En cada encuentro,
en cada momento,

palpita la posibilidad de
transformar nuestra percepción,

de mirar la vida

como un río que fluye sin comienzo ni fin.

Quienes abrazen esta visión no encontrarán
un refugio fijo,

sino una libertad inmensa, la
libertad de soltar,

de permitir que la realidad se
muestre tal y como es,

y en esa apertura

se descubre que no hay pérdida, 
porque nunca hubo posesión,

no hay fracaso, 
porque nunca hubo una meta inmutable. 

Al igual que como el viento que nunca
puede ser atrapado,

nosotros también somos movimiento,

transitorios, vastos, plenos en
nuestra impermanencia.

Al salir de aquí, 

me gustaría que se
llevaran una sola pregunta.

¿Cómo sería el mundo

si pudiéramos ver más allá de las formas,
más allá de las apariencias?

Tal vez con esa nueva mirada descubramos
algo que siempre estuvo ahí.

Quizá escuchemos en silencio
un eco distinto,

uno que nos recuerde que no
somos sólo las olas agitadas por momentos,

sino también el océano que las sostiene,

 y si logramos ver eso,
aunque sea por un instante,

entonces habremos comprendido algo esencial.

Que ser no es otra cosa que
estar abiertos, 

que ser es vacuidad plena, libre,
sin centro fijo.

Y en esa vacuidad todo
puede comenzar.