Prabhuji en Español

La paradoja de la plenitud

Prabhuji

Use Left/Right to seek, Home/End to jump to start or end. Hold shift to jump forward or backward.

0:00 | 24:56

Hay momentos en los que de pronto todo se detiene, no porque el mundo se pare.

El mundo sigue girando, la gente sigue moviéndose, sino porque algo en nosotros deja de empujar.

dejamos de correr, de huir, de buscar constantemente.

Y entonces se abre algo dentro, como un espacio silencioso en nuestro interior.

Y en ese espacio por fin podemos ver, no con la urgencia de entenderlo todo, no con la ansiedad de tener respuestas, sino que simplemente ver.

La mayor parte del tiempo vamos por la vida en automático, de forma mecánica.


https://youtu.be/GD3VrIRZfe8


web: https://prabhuji.net

Youtube: https://www.youtube.com/@Prabhuji108

facebook: https://www.facebook.com/Prabhuji.Escritor/

Hay momentos en los que de pronto todo se detiene, 

no porque el mundo se pare.

El mundo sigue girando, la gente sigue moviéndose,

sino porque algo en nosotros deja de empujar.

dejamos de correr, de huir, de buscar constantemente.

Y entonces se abre algo dentro, como un espacio silencioso en nuestro interior.

Y en ese espacio por fin podemos ver,

no con la urgencia de entenderlo todo, no con la ansiedad de tener respuestas, sino que simplemente ver.

La mayor parte del tiempo vamos por la vida en automático, de forma mecánica.

Hablamos del futuro,

le damos vueltas al pasado, hacemos planes, corregimos errores, evaluamos constantemente y en medio de todo ese movimiento mental,

lo que está pasando ahora mismo en el presente inmediato aquí,

muchas veces se nos escapa,

¿no?

Es como si la realidad solo valiera por lo que promete

por lo que creemos que nos va a dar,

por lo que nos parece que obtendremos.

Pero, ¿qué pasa

si dejamos de correr detrás de algo?

¿Qué ocurre si por un momento no vamos hacia ninguna parte?

No estoy hablando de rendirse ni de renunciar a lo que uno quiere. No, no, no. Hablo de darnos cuenta de que quizá eso que tanto buscamos  
no está esperándonos al final del camino,

ya está presente, ahí en lo cotidiano,

en la respiración, en lo que ya somos y vivimos,

como una presencia sutil que está ahí,

esperando a ser notada, reconocida y no como un premio.

Nuestra mente ha aprendido a darle valor a la vida solo si logramos ciertas cosas, si alcanzamos ciertos estados, si respondemos a ciertas expectativas.

Nos han dicho que

hay que llegar a ser alguien, que hay que superarse, escalar, conquistar, obtener. 

Pero tal vez el verdadero signo de madurez no sea subir más alto, sino saber quedarse, saber permanecer. En lugar de crear más identidad,

dejar que esa identidad se afloje, se disuelva un poco en el simple hecho de estar vivos.

Y cuando eso ocurre, algo cambia.

No cambia el mundo ni las situaciones externas. Cambia nuestra relación con lo que está pasando.

Aparece otra forma de estar, más clara, más abierta,

más sencilla, más simple.

Una mirada que ya no necesita controlar ni forzar nada,

una manera de ser que no exige garantías para estar en paz.

No ofrezco respuestas cerradas, fórmulas o recetas. No.

Solo invito a hacer una pausa, 
a volver a mirar desde la presencia,

porque quizás el sentido de la vida no se busca fuera,

ni se conquista, ni se logra, ni se obtiene.

Tal vez simplemente se revela - "aletheia" de Heidegger,

cuando dejamos de exigirle que nos lo dé, ¿no?

Cuando hablamos del sentido de la existencia humana, 
nos topamos con una paradoja muy interesante.

Por un lado está la conciencia individual, ¿no?

La mente, esa voz interna con la que cada uno se pregunta, 
quién es y qué sentido tiene su vida.

Pero por otro lado está lo que podríamos llamar el pensamiento colectivo.

Que no es otra cosa que el conjunto de ideas, 
creencias y valores que compartimos como sociedad.

Ese pensamiento colectivo funciona 
como una especie de guía.

Nos dice cómo interpretar lo que nos pasa,

qué deberíamos buscar en la vida y hasta quiénes creemos que somos.

No surge de la nada. Es el resultado de siglos de historia, tradiciones, costumbres,

que se han ido transmitiendo de generación en generación. 
Está tan presente que muchas veces lo absorbemos sin darnos cuenta

y desde ahí armamos nuestro proyecto de vida.

La mayoría de los ideales que perseguimos, felicidad,

éxito, bienestar, realización personal, no son neutros,

están profundamente influenciados por la cultura en la que vivimos.

Entonces aparece una tensión.

Por más que queramos ser personas autónomas, independientes, libres,

conscientes de nuestras elecciones,

siempre estamos atravesados por esa mirada social 
que nos moldea desde fuera, desde el exterior.

Cuando buscamos un sentido más elevado, 
que dé coherencia y dirección a nuestra vida,

solemos proyectar imágenes de perfección.

Hablamos de paz interior, iluminación, plenitud,

muchas veces inspirados 
en tradiciones religiosas o espirituales.

Pero hay un detalle importante.

Esos ideales suelen presentarse como promesas

que siempre están más adelante, en el futuro,

como si la vida verdadera empezara después.

Eso genera una distancia entre lo que vivimos hoy y lo que creemos que deberíamos estar viviendo. 

Es como si, se entiende, es como si el presente no fuera suficiente, Como si tuviéramos que alcanzar otra cosa para que la vida valga la pena.

Y ahí está el problema. Ahí está el problema.

Al buscar constantemente un sentido 
fuera del momento presente,

Nos desconectamos de lo único que realmente tenemos, que es el ahora.

Vivimos proyectados hacia lo inexistente

y en esa búsqueda muchas veces perdemos contacto con nosotros mismos.

Este conflicto del que estamos hablando nace de una idea muy común, 

la de que estamos divididos entre dos versiones de nosotros mismos.

Por un lado, el yo, el yo que soy ahora con carencias, 
con dudas, con sufrimiento.

Y por otro ese yo ideal, el que imagino que seré algún día

cuando complete mi falta y supuestamente deje de sufrir, ese yo completo. ¿No?

Pensamos que si trabajamos lo suficiente, si nos esforzamos, si acumulamos experiencias o logros, vamos a llegar a ser esa versión completa de nosotros mismos.

Sin embargo, la vida en su esencia más pura ya es completa.

No necesita agregados, ni mejoras ni metas externas para tener valor o plenitud.

Parte de esta ilusión tiene que ver
 con cómo entendemos el tiempo, ¿no?

Porque nos han enseñado a ver la vida como una línea.

Primero estamos a medias, después crecemos y al final llegamos.

Es como si siempre tuviéramos que ir superándonos, corrigiéndonos, completándonos.

Pero si nos detenemos un momento, podemos ver que la existencia no funciona necesariamente así.

No, no se trata, no se trata de un proceso que que depende del paso del tiempo.

Más bien la vida se manifiesta entera 
en cada momento, completa en cada instante.

No está esperando a ser completada después.

Cada instante ya contiene todo lo necesario.

El problema es que nuestra mente necesita justificarse,

le cuesta aceptar la vida tal y como es, sin metas claras.

Entonces, inventa objetivos, metas a futuro, formas de darle propósito a la vida.

Pero incluso cuando logramos cosas importantes, muchas veces sentimos que aún falta algo.

Esa insatisfacción no se supera con tanta facilidad.

Frente a esta forma de ver la vida, hay otra perspectiva que nos ofrece el vedanta.

Esta visión propone que la vida no debe tener un propósito último

y que no estamos acá para cumplir una misión escondida.

Según el Vedanta, la existencia es un lila.

Lila, un término que en sánscrito significa juego, juego divino.

No es un camino con una meta fija, es más bien una danza, un movimiento libre de fuerzas del universo,

como cuando un niño juega, no lo hace para lograr algo, lo hace por el puro hecho de estar jugando, ¿no?

¿Qué es jugar dominó? por semillitas, por ejemplo, ¿no?

¿Qué quiere ganar semillitas? No, es el hecho de jugar,

y cuando logramos soltar esa necesidad de que todo tenga un propósito,

un para qué, un propósito trascendente cuando dejamos de buscar justificaciones externas,

pasa algo muy interesante.

El presente empieza a tener valor por sí mismo, ya no como un medio para llegar a otra cosa, sino como el centro mismo de la experiencia.

Acá aparece una paradoja muy interesante.

Cuanto más nos esforzamos por 
encontrar un sentido último a la vida,

más lejos parecemos estar de esa paz que tanto buscamos.

Es curioso, ¿no? Uno pensaría que cuanto más intenta,

más se aproxima, más cerca está, pero pasa todo lo contrario.

La paz interior no se alcanza forzándola mediante una estrategia,

una meta o un plan de acción.

De hecho, aparece de forma natural cuando dejamos de buscarla.

Cuando soltamos esa carrera, empieza a asomarse lo real.

La plenitud ya está en la vida misma.

No hay que conquistarla ni fabricarla. Está ahí.

Cuando dejamos de querer que las cosas sean distintas a como son.

La verdadera paz no depende de las circunstancias.

Surge cuando aceptamos el presente tal y como es, sin idealizar y proyectar.

Emerge cuando habitamos lo que este momento trae y en ese reconocimiento aparece el ser. Sin filtros, sin expectativas, sin tener que buscarlo fuera.

Ahora bien,

mucha gente piensa que buscar ideales espirituales es una señal de evolución, de avance, de progreso.

Aunque suena bonito, a menudo 
no cambia el deseo en sí, solo su forma.

Antes deseábamos fines materiales y ahora los elevamos a iluminación, paz total, sabiduría absoluta,

devoción pura, etcétera, etcétera.

Pero la estructura del deseo sigue siendo la misma

y mientras esa dinámica no cambia, seguimos atrapados.

Sea cual sea el objeto del deseo, seguimos girando en la misma rueda,

porque al final tanto el deseo material como el espiritual

nacen de una sensación de falta, de carencia, ¿no?

El origen es el mismo.

La verdadera libertad se manifiesta cuando esa tensión existencial desaparece,

cuando ya no sentimos que tenemos que llegar a ningún lado.

En ese estado, el yo, ese que quiere, que busca, que proyecta, empieza a perder fuerza

y se diluye en la experiencia del presente, donde ya no hay tiempo y por ende no hay metas ni separación.

Ahí por fin podemos simplemente estar

reconciliados con el presente.

Cuando vivimos con esa idea de carencia, la búsqueda es interminable,

pero en realidad la sabiduría no está reservada para unos pocos.

Solo debemos hacer las paces con este momento, con el ahora, con el presente.

Y es que la plenitud de la vida no está escondida 
en grandes ideas ni en explicaciones complejas.

No necesita interpretaciones elaboradas,

solo se trata de reconocer la totalidad que ya está presente en cada instante.

¿Se entiende?

Cuando dejamos de mirar el mundo a través del filtro del yo con todas sus historias, sus dramas, sus etiquetas y sus exigencias,

la consciencia se libera y en esa libertad aparece una forma de ver mucho más clara, mucho más honesta, sin adornos.

En ese estado no necesitamos que las cosas tengan un propósito grandioso, o que la vida nos dé una razón espectacular para existir.

Porque ahí el sentido simplemente se revela.

El ser en su expresión más simple y real 
se manifiesta sin necesidad de justificación.

Y en ese punto, por fin es posible descansar.

El tiempo se disuelve.

Cuando dejamos de ver la vida como una línea que va del pasado al futuro,

de a poco esa idea se disuelve, se evapora y en su lugar aparece otra forma de vivir,

una sucesión de instantes plenos donde no estamos esperando nada, donde ya no proyectamos.

También cambia la manera en que nos vemos a nosotros mismos.

Esa identidad que antes parecía dividida, marcada por el deseo, por la necesidad de avanzar, de progresar, de lograr, empieza a aflojar.

El yo, ya no está en el centro, ya no se siente el protagonista de una historia que hay que controlar o dirigir. La constante necesidad de cambio se reabsorbe en un estado de quietud, en una completa aceptación.

Cuando dejamos de intentar cambiar, cuando soltamos la necesidad de mejorar, de transformarnos,

entramos en otro tipo de espacio,

uno donde hay claridad,

una claridad que no depende de nada externo.

Y en ese estado el deseo pierde fuerza. Las sombras que traía consigo se disuelven

y el instante presente tal cual es se vuelve inmenso.

La vida ya no se ve como un camino que va hacia algún final.

Se revela como un océano sin divisiones 
y cada momento, cada ola es completo por sí mismo.

Cada respiración forma parte 
de una armonía que no se impone, pero que se siente.

Y al percibirla ya no hay urgencia por llegar a ningún lado.

En medio de esa calma se revela la paz como un fondo silencioso que siempre estuvo ahí.

Una serenidad que no necesita 
poseer ni controlar ni dominar.

Abiertos a esa presencia sin resistencia,

la realización que tanto anhelábamos aparece por sí sola.