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El Cuerpo y el Yoga Retroprogresivo

Prabhuji

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Hablemos de aquel umbral que es tan sutil que muchas veces lo cruzamos sin darnos cuenta y sin embargo todo empieza ahí.

Ese umbral es el ahora, pero no me refiero a la hora del reloj ni al tiempo del calendario, al tiempo cronológico, hablo de ese instante que está justo antes de que lo nombremos, ese momento en el que el cuerpo respira, una sensación aparece, algo se percibe y todavía no hemos articulado palabras, 
no lo hemos etiquetado, no lo hemos interpretado, simplemente está, simplemente es.

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Hablemos de aquel umbral 
que es tan sutil que muchas veces

lo cruzamos sin darnos cuenta

y sin embargo todo empieza ahí.

Ese umbral

es el ahora,

pero no me refiero

a la hora del reloj ni al tiempo del calendario, 
al tiempo cronológico, hablo de ese instante

que está justo antes de que lo nombremos, 
ese momento en el que el cuerpo respira,

una sensación aparece, algo se percibe 
y todavía no hemos articulado palabras, 

no lo hemos etiquetado, no lo hemos interpretado,
simplemente está, simplemente es.

¿Qué pasa si dejamos de contarnos, 
de narrarnos lo que sentimos todo el tiempo?

¿Qué queda cuando no necesitamos explicarnos nada?

Esto nos recuerda la pregunta de Derrida,

¿qué hay fuera del texto?

Y la de Wittgenstein, 
¿hay mundo fuera del lenguaje?

Quizás justo en ese lugar, fuera del relato, 
fuera del lenguaje, empieza otra forma de estar,

más directa, más viva, más real.

Puede que el misterio que somos 
sea más directo que la identidad, más firme que los recuerdos,

más cercano que las interpretaciones,

pero desde muy pequeños 
aprendimos a vivir desde el significado,

a darle sentido a todo, antes incluso de estar presentes,

a poner nombres sin mirar, 
a definir sin realmente habitar.

A veces basta con un instante de silencio 
para ver que todo eso que creemos ser, 

los pensamientos, las ideas, las emociones, 
las historias que nos contamos, 

todo eso aparece sobre un fondo más amplio, 
un lugar interior que no se altera por las experiencias.

Las ideas van y vienen, las emociones cambian, 
los estados pasan, pero ese fondo,

ese fondo está siempre ahí.

No juzga, no interrumpe, no discute, solo sostiene.

Y en esa presencia silenciosa quizá descubrimos 
una forma distinta de estar.

No se trata de negar lo que sentimos, 
ni de alejarnos del cuerpo, 

ni de escapar del mundo.

No, no se trata de un escapismo, 
se trata de mirar desde otro lugar.

Quizás lo que creemos ser 
no sea tan sólido como pensamos, 

y a lo mejor si vamos un poco más allá 
de todo eso

encontraremos lo más simple y estable.

No estoy aquí para dar respuestas cerradas, 
sugiero volver a lo esencial.

Abrirnos a una lucidez que a menudo aparece

justo cuando dejamos de buscar con tanta expectativa,

porque hay verdades 
que no se alcanzan corriendo detrás de ellas,

solo están esperando a que dejemos de ignorarlas.

Pensemos un momento en el cuerpo.

Lo llamamos el cuerpo, como si fuera una cosa, 
un objeto sólido, fijo, 

pero si lo observamos con atención, con detenimiento, 
con calma, encontramos un conjunto de sensaciones,

de imágenes, de movimientos que 
aparecen en la mente

y aunque nos parece estable,

en realidad es flexible y cambiante.

Ahora les propongo que imaginen 
que son bebés recién nacidos.

Por favor, imagínenlo, sin memoria, 

sin recuerdos,

sin lenguaje, ni ideas, 
ni conceptos, solo viven en el presente.

No pueden pensar en el pasado ni en el futuro, 
obviamente, solo están ahí,

abiertos a lo que ocurre ahora.

Esa forma de estar totalmente presente, 
sin filtro, sin relato, 

sigue siendo parte de nosotros, pero ha quedado olvidada.

Un bebé, por ejemplo, no puede pensar, 
estoy sintiendo el tacto de mi mano en el sonajero.

No sabe lo que es una mano, ni qué es un sonajero, 
solo percibe una sensación, eso es todo.

Está completamente volcado a la experiencia, 
sin palabras, sin interpretación, sin relato, 

sin narrativa, sin texto.

Heidegger lo llama eyección, un estado de arrojo total.

El bebé no tiene autoconciencia, 
no reflexiona sobre lo que le pasa,

solo es en lo que ocurre.

Ahora vamos a intentar hacer nosotros 
un pequeño experimento.

Frota las palmas de tus manos, todos, 
froten las palmas de sus manos, pero

olviden que se llaman manos,

solo quédense con lo que sienten sin nombrarlo, sin definirlo.

Y si nos pidieran que describamos esa sensación, 
pero sin usar palabras como suavidad o calor, ¿qué diríamos?

Porque claro, esos adjetivos ya son interpretaciones.

Decimos suave porque lo comparamos con áspero.

La experiencia primaria es pura, en sí misma no tiene nombre.

Las descripciones aparecen con el pensamiento.

En ciertos momentos se da una percepción directa 
sin que intervenga la memoria ni los conceptos.

Es simplemente una presencia inmediata 
que todavía no ha sido moldeada por el lenguaje.

Ocurre justo antes de que la mente explique 
las cosas o les ponga nombres.

En ese punto solo hay sensaciones 
sin una existencia sólida.

En términos gramaticales solo hay adjetivos 
sin que aparezca un sustantivo que las reúna.

Parménides decía que algo es realmente real 
solo si es necesario, es decir, 

si no depende de nada más para existir.

Y eso implica que no puede cambiar, 
ni aparecer o desaparecer de pronto.

Todo lo que sentimos, pensamos y percibimos 
con los sentidos cambia constantemente.

A veces está, a veces no.

Y muchas veces se transforma.

Vemos un mundo que cambia todo el tiempo constantemente.

Las cosas aparecen y se transforman y desaparecen.

Para Parménides eso no puede ser lo realmente real.

Su punto es el siguiente.

Si algo cambia en algún momento 
tiene que dejar de ser lo que era.

Y si deja de ser, entonces 
estaríamos hablando del no-ser.

Pero eso para Parménides no tiene sentido.

No se puede pensar en algo que no es.

El no-ser no puede ni siquiera concebirse.

Por eso su famosísima frase, el ser es, el no-ser no es.

No es una ocurrencia ingeniosa, es la base de todo su pensamiento.

Desde ahí sostiene que lo único que existe de forma plena es ese ser

que no depende de nada, que no cambia, que siempre está.

Lo demás, aunque lo experimentemos, 
no tiene consistencia real

porque no cumple con las condiciones 
que definen lo que verdaderamente es.

Vamos a comparar dos cosas muy distintas.

Pero que tienen algo en común.

Un dolor de cabeza, una migrena, 
y el tacto de la mano apoyada sobre una mesa.

Ambas experiencias se presentan en la consciencia.

No tienen forma, no ocupan un lugar físico como lo haría un objeto, 

no pesan ni se pueden medir.

Simplemente están ahí.

Se hacen notar con más o menos intensidad.

Si vamos alternando la atención 
entre el dolor y el tacto, 

notamos que la diferencia entre ellos 
no tiene tanto que ver con el lugar donde ocurren, sino

con cuánto nos afectan o con cuánta fuerza se hacen sentir.

Y si además cerramos los ojos quitando 
las referencias visuales que solemos usar para orientarnos,

esa sensación se vuelve todavía más evidente.

El espacio, tal como lo entendemos normalmente, 
se desdibuja.

Entonces, seguir diciendo que una sensación 
está arriba y otra abajo ya carece de sentido.

En realidad todas aparecen dentro del mismo campo, 
sin una dirección clara, 

sin un sitio fijo.

Nacemos sin filtros, sin palabras 
ni explicaciones, sin narrativa.

Todo se da de forma directa, sin divisiones ni clasificaciones.

Es un espacio de consciencia pura 
en el que las cosas simplemente se presentan.

Siendo adultos usamos categorías para pensar y hablar.

Aunque a primera vista parezca 
que experimentamos el mundo muy distinto, 

la base de la experiencia sigue siendo la misma.

La diferencia radica en que con el tiempo 
empezamos a interpretar todo mediante 

la memoria, el lenguaje y los hábitos adquiridos.

La experiencia parece directa aunque llega filtrada 
por un trasfondo de significados que moldean nuestra percepción.

Por ejemplo, sentimos un dolor en el estómago.

Y enseguida pensamos que puede ser, 
ni Dios lo quiera, algo médico.

Pero si nos fijamos bien, 
cuando aparece esa sensación, carece de historia.

Es solo una molestia.

Todo lo demás lo añadimos después.

Cuando el pensamiento entra en juego, 
categoriza nuestras sensaciones, 

las conecta con recuerdos, con ideas, con diagnósticos.

Si en lugar de reaccionar enseguida, 
cerramos los ojos y prestamos atención 

a lo que está pasando ahora, 
sin interpretar, sin pensar ni recordar nada, 

solo percibiremos una sensación, 
una presión, una incomodidad,

una energía localizada 
en algún punto del cuerpo, nada más.

La palabra enfermedad no está ahí desde el principio.

Esa idea aparece solo cuando traducimos 
lo que sentimos usando conceptos que hemos aprendido.

Ahora bien, 

esto no significa que estemos negando el dolor 
ni la enfermedad, por supuesto.

Nadie dice que no existen o que 
no tengan efectos reales en el cuerpo.

Estamos analizando cómo adquieren sentido.

El dolor no trae consigo una etiqueta. 
Para convertirlo en síntoma

necesitamos un marco mental 
que es distinto a la sensación en sí.

Es el pensamiento el que organiza, 
clasifica y le da un lugar dentro de nuestra experiencia.

Por eso no se trata de negar el cuerpo, 
sino de entender que el cuerpo 

tal como lo vivimos se forma también 
a partir de cómo interpretamos lo que sentimos en cada momento.

La consciencia no es un lugar 
que podamos señalar en el espacio.

Es más bien el espacio en el que todo aparece.

Pensamientos, ideas, sensaciones, 
recuerdos, percepciones, imágenes.

Y ese espacio no tiene forma, 
ni tamaño, ni una dirección concreta.

Es como un fondo silencioso en el que todo va sucediendo,

en el que todo pasa, todo ocurre.

Si dejamos de lado las interpretaciones, 
notaremos que todo ocurre en un presente continuo.

No en el tiempo cronológico con pasado y futuro,

sino en ese ahora que lo abarca todo, que lo comprende todo.

Una ahora donde la conciencia está abierta.

No se trata de negar las percepciones del cuerpo.

Simplemente propongo cambiar el enfoque.

Empezar por la consciencia y no por la materia.

Lo que llamamos mundo físico 
aparece dentro de la consciencia

como una manifestación que necesita de ella 
para poder ser vivida.

La consciencia en su estado más original 
no tiene forma ni límites.

Por eso, para poder experimentar 
algo distinto de sí misma, presten atención,

necesita asumir una estructura.

Necesita adoptar una forma concreta, 
un punto de vista definido.

Porque si simplemente se repitiera a sí misma, 
no podría conocerse de otra manera.

Es ahí donde aparece la mente individual.

Podemos verla como una especie de perspectiva 
particular dentro de un campo

mucho más amplio, que es la consciencia.

Aunque esa consciencia 
no tiene forma ni tamaño,

necesita una especie de ventana para asomarse

a partes específicas 
de todo lo que puede llegar a ser.

Y esa ventana es la mente.

Cada mente es una forma concreta 
desde la cual la consciencia 

se observa y se reconoce a sí misma.

No puede ver algo externo a ella, 
solo experimentarse de una manera distinta.

Sé que esto puede sonar un poco abstracto,

así que vamos con un ejemplo más visual.

A ver

Imaginemos que Swami Omkarananda 
está soñando que vive en Santiago de Chile.

En ese sueño, supongamos, se llama Susana.

Pasea por las calles, va al trabajo, 
se encuentra con sus amistades, etc.

Sin el personaje onírico llamado Susana, 
Swami Omkarananda no podría estar en Santiago.

Para poder acceder a esa experiencia, 
para poder vivir dentro de esa experiencia,

desde dentro se convierte en Susana 
sin dejar de ser quien es en realidad.

Así funciona también la consciencia.

Para poder explorar lo que contiene, 
adopta formas, no para alejarse de sí misma,

sino para reconocerse desde 
perspectivas concretas dentro de la experiencia.

Para poder experimentar lo finito, 
la consciencia necesita adoptar una forma limitada, finita.

Y eso somos, mentes individuales, puntos concretos

desde los que lo ilimitado se contempla 
a sí mismo en situaciones específicas,

la sensación de estar separados no rompe esa unidad.

De hecho, es justo lo que permite 
que la consciencia

se despliegue en muchas formas distintas.

Vista así, la limitación no es un obstáculo para lo infinito.

Es una forma que tiene de expresarse.

Y de hecho, cuando prestamos atención 
al ahora con honestidad,

la solidez empieza a aflojarse un poco.

Eso que solemos llamar yo, 
que sentimos como algo sólido, el cuerpo, los pensamientos,

incluso el mundo que nos rodea, 
empieza a volverse más ligero, más sutil.

Y todo eso que nos contamos sobre nosotros mismos, 
la historia personal, 

las ideas, las certezas, parece apoyarse 
sobre un fondo silencioso,

mucho más amplio, que no se mueve, 
aunque todo lo demás sí lo haga.

Un fondo que está ahí, 
estable incluso cuando todo lo demás cambia.

Comprender esto es simple.

Solo requiere hacer una pausa 
y quedarse un momento ahí,

justo en ese espacio que aparece 
antes de que empecemos a ponerle nombre a lo que sentimos.

Es ese pequeño instante en el que la experiencia

todavía no ha sido convertida en palabras, en ideas, 

dy e repente algo sencillo y directo se muestra.

Sin necesidad de explicarlo ni de analizarlo.

Habitar ese espacio, aunque solo sea por unos segundos,

puede cambiar por completo 
cómo nos relacionamos con lo que estamos viviendo.

Dejamos de buscar fuera 
y encontramos lo que nunca estuvo perdido.

Lo esencial siempre está, 
aunque permanezca cubierto por el bullicio mental y emocional.

El presente no exige nada.

El ahora no nos pide que lo entendamos ni que lo resolvamos.

Solo nos pide estar.

Y cuando realmente estamos ahí, de verdad, 
lo que aparece no necesita explicación.

El dolor deja de ser solo una palabra.

El cuerpo ya no se siente como 
un objeto separado y la mente 

deja de buscar sentido a todo, 
como si todo tuviera que tener una lógica o una causa.

En ese momento todo se muestra tal cual es, 
sin necesidad de juzgarlo,

sin tener que contarlo o encajarlo en una historia.

No hace falta llegar a ningún sitio, solo estar.

Y no, esto no termina en una conclusión definitiva.

Al contrario, abre un espacio, una oportunidad de volver,

no a algo lejano o idealizado, sino a lo más cercano, 
a lo más próximo que tenemos.

Esa consciencia que está sosteniendo todo, sin imponerse, 
sin necesidad de decir nada.

Ese fondo tranquilo sigue ahí, 
aunque todo lo demás cambie.

Y para redescubrirlo

solo hace falta recordarlo.