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Walter Benjamin: constelaciones de historia, modernidad y redención

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Hoy quiero que hablemos de una figura clave del siglo 20, Walter Benjamin.

Un pensador difícil de encasillar.

No es fácil de encasillar.

Que nunca terminó de encajar del todo en ningún grupo.

Y probablemente por eso sigue tan presente hoy.

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Hoy quiero que hablemos

de una figura clave del siglo 20,

Walter Benjamin.

Un pensador

difícil de encasillar.

No es fácil de encasillar.

Que nunca terminó de encajar

del todo en ningún grupo.

Y probablemente

por eso

sigue tan presente hoy.

Su obra se mueve

entre la filosofía, la

la teoría del arte,

la crítica cultural,

las ciencias sociales,

y lo hace con una libertad

y una mirada que

todavía nos obliga a pensar.

Aunque escribió hace casi un siglo,

muchas de sus ideas
siguen siendo esenciales

para entender los conflictos y tensiones

que atravesamos.

Por eso su pensamiento

sigue siendo tan actual, tan necesario.

Ahora bien,

para entender mejor su recorrido

hay que hablar

de su vínculo con la Escuela de Frankfurt,

ese grupo de intelectuales

asociados al Instituto

de Investigación Social.

Entre ellos

estaban figuras como Adorno y Horkheimer.

Benjamin,

compartía muchas preocupaciones con ellos,

pero lo cierto es que

nunca llegó a formar

parte del grupo de manera

plena, no plenamente.

Mientras muchos de sus colegas
apostaban por un...

por un enfoque
más riguroso, más sistemático,

muy marcado por el materialismo histórico,

Benjamin se desmarcaba un poco.

Traía a la mesa

cosas que los demás solían dejar fuera,

la tradición judía,

lo simbólico, lo teológico,
lo fragmentario,

y eso,

le otorgó un lugar muy particular.

Estaba cerca de la escuela de Frankfurt,

pero al mismo tiempo algo lo mantenía

en los márgenes.

Una de las cosas más sorprendentes
del pensamiento de Benjamin

es cómo consiguió combinar dos elementos

que a primera vista
parecen difíciles de juntar.

El marxismo

y el mesianismo judío.

Pero lo hizo a su manera,

sin forzar nada,

con una mirada propia,
con una perspectiva propia.

Para él

la historia,

la historia no era una

una línea recta que avanza
sin interrupciones, como una,

como una sucesión ordenada de hechos

que van de un punto al otro.

Todo lo contrario,

Benjamin pensaba que el tiempo está

lleno de de cortes, de rupturas

y que el pasado puede irrumpir
en el presente

si sabemos prestarle atención.

Y ahí entra una idea clave,

el papel del historiador,

no como alguien que

simplemente cuenta los hechos
uno detrás de otro,

como si estuviera siguiendo una cadena
sin fin.

Para Benjamin,

el historiador es alguien

que interrumpe esa cadena,

que la abre,
que escucha las voces que quedaron

fuera, las que fueron silenciadas.

Por eso escribió aquella frase tan famosa

que todos conocemos:

«Todo documento de cultura

es también un documento de barbarie».

Porque muchas veces

lo que vemos como grandes
logros culturales

se construyó sobre injusticias,

sobre exclusiones que preferimos no mirar.

Todo esto aparece

con muchísima fuerza
en uno de sus últimos textos

que escribió poco antes de morir,

Las tesis sobre la filosofía
de la historia, publicadas

por primera vez en 1942,
dos años después de su muerte.

Y ahí introduce una imagen que se volvió
icónica

el ángel de la historia.

Benjamin
se inspira en una pintura de Paul Klee.

Se imagina al ángel con la cara
vuelta hacia atrás,

mirando el pasado.

Y lo que ve no es

una historia de progreso
ni una evolución armoniosa.

Lo que ve

es una secuencia interminable
de ruinas.

El ángel querría

parar, ayudar, reparar,

pero no puede.

Un viento violento
lo empuja hacia adelante sin descanso.

Ese viento, dice Benjamin,

es lo que nosotros llamamos progreso.

Progreso.

Para Benjamin, ese supuesto progreso

del que tanto se habla

no trae redención.

Sí, es una fuerza que avanza,

pero lo hace dejando restos,

dejando heridas abiertas,

injusticias sin resolver.

Y esa imagen, que puede ser,

puede sonarnos poética

o incluso algo melancólica,

en realidad es una crítica muy directa

a cómo solemos entender la historia.

Porque avanzar

no siempre significa mejorar.

A veces avanzar,

es seguir sumando catástrofes

que ni siquiera reconocemos del todo.

Ahora bien,

aunque Benjamin lanza una crítica

fuerte al concepto de progreso,

eso no quiere decir

que esté en contra de la tecnología
o de los cambios sociales.

Lo que hace es invitarnos

a pensar con más cuidado.

A preguntarnos

¿Qué efectos tienen esos avances

en nuestra vida cotidiana?

¿Cómo modifican

nuestra manera de entender el tiempo,

de mirar el pasado, de vivir el presente?

Un ejemplo muy claro de esto

lo encontramos

en su famoso ensayo sobre

el arte en la época

de su reproducción técnica.

Ahí se pregunta

qué pasa cuando tecnologías

como la fotografía o el cine hacen posible

que una obra de arte se reproduzca
una y otra vez, y otra vez y otra vez.

Y según él,

cuando eso ocurre, la obra pierde

lo que llama su aura.

¿Qué quiere decir con eso? 

Se refiere a esa presencia única

que tiene una obra

cuando solo podía experimentarse

en un lugar y en un momento determinados.

Era algo

irrepetible.

Verla era un acontecimiento,

y al multiplicarla
sin límites, de manera ilimitada,

algo de esa experiencia original
se diluye.

Ahora,

que el arte se pueda reproducir
una y otra vez

no significa que pierda su valor
ni mucho menos.

Lo que cambia es la manera en que lo
experimentamos.

Por un lado, eso permite que

que llegue más gente a más público,

lo cual es sin duda una ventaja.

¿Imagínense la música, por ejemplo, no?

Antes,

si no estaba ahí la orquesta, el cantante.

Hoy en día tenemos

cassetes, vinilos, cd, dvd.

Pero al mismo tiempo el arte
entra en una lógica de mercado. ¿No?

Es decir, se convierte en mercancía

y ahí pierde parte de su potencia.

Esa capacidad que tiene para sacudirnos,

para cuestionarnos,
para incomodar cuando hace falta,

pero Benjamin

no se queda solo en

nada en el análisis del arte.

Para él

eso es solo una puerta de entrada

para pensar algo mucho más amplio,

cómo la modernidad transforma

nuestra forma de percibir el mundo? y ahí,

ahí, la ciudad moderna

y en particular
París, juegan un papel fundamental.

Es ese espacio

donde aparece una figura muy especial,

el flaneur, ese personaje

que camina por la ciudad sin rumbo fijo,

observando todo con detenimiento,
sin, sin prisas.

No es un turista
ni alguien que va distraído.

No, no es alguien que al caminar

capta lo que otros no ven.

Las huellas del capitalismo,

¿no? del deseo, de la alienación
que se esconde en lo cotidiano.

Desde esa mirada tan atenta

Benjamin también se plantea otra
forma de entender el tiempo.

Como dijimos, él no creía en esa idea

que la historia avanza de manera lineal,

como una,

como una continua sucesión de hechos

que se acumulan hacia adelante.

¡No, no!

Él proponía otra visión, lo que llamaba

el tiempo mesiánico,

el tiempo mesiánico.

Un tiempo

que se interrumpe, que no,

que no sigue una línea recta,

y en el que el pasado puede irrumpir

de repente en el presente
y cambiar el rumbo de las cosas.

¿Se entiende?

Para él,

el pasado no está cerrado,

todavía tiene algo que decirnos.

Y si sabemos escuchar,

puede revelarnos cosas que aún
están vivas.

Esta forma de entender el tiempo

tiene mucho que ver
con la formación de Benjamin

en la tradición judía,

pero no pensemos que se queda
en un enfoque religioso clásico cerrado.

Lo que hace es algo mucho más interesante,

pone en tensión

lo político con lo teológico,

lo racional con lo simbólico,

y no intenta reconciliarlos

ni suavizar esas diferencias.

Al contrario,

permite que choquen,

deja que, que choquen, que reflexionen,
que se enfrenten

sin resolver del todo.

Y justamente ahí,

en ese cruce incómodo,

es donde su pensamiento gana fuerza,

donde realmente se vuelve provocador

y fértil para pensar.

Hay formas de pensar

que no vienen empaquetadas
con teorías cerradas.

No traen manuales

ni mapas que nos digan por dónde ir.

A veces aparecen como destellos,

como fragmentos,

que irrumpen
justo cuando creíamos tenerlo todo

claro.

No vienen a poner orden,

más bien descolocan, incomodan,

mueven cosas que dábamos por seguras.

Y no están ahí

para cerrar preguntas,
sino para dejarlas abiertas

el tiempo suficiente
como para que lo inesperado

tenga una oportunidad de aparecer.

Muchas veces

lo más interesante, lo más valioso,

no está en el

en el centro del escenario,
sino en los márgenes.

Hay ideas que no terminan de encajar
en las categorías de siempre.

No están en terreno firme,

sino en aguas movidas.

Se mueven entre lo político y 

lo simbólico, entre lo racional y
y lo que no podemos nombrar del todo.

Son ideas

que muchas veces fueron apartadas

porque no encajaban en el relato oficial,

ese que contaron

los que ganaron la partida.

Hay formas de mirar

que no se conforman con lo

con lo que salta a la vista.

Van más despacio,

observan con cuidado,
Prestan atención a eso

que suele pasar desapercibido.

Lo que pasa desapercibido,
donde todo parece repetirse.

Buscan lo que interrumpe,

donde todo parece avanzar sin pausa,

intentan detectar la grieta,

el punto de ruptura y a veces,

más que seguir hacia adelante,

lo que hace falta es mirar hacia atrás,

no para quedarnos atrapados
o estancados en el pasado,

pero tampoco para descartarlo

como si no tuviera nada que decirnos.

Hay momentos

que no se dejan medir por el reloj.

Tiempos que no siguen la lógica
de la continuidad,

sino que estallan, irrumpen y aparecen
justo cuando nadie los espera.

Y ahí

en medio de ese corte

puede abrirse una oportunidad,

porque no todo lo anterior

está perdido, ni todo lo nuevo

es necesariamente salvador.

La historia no siempre
avanza en línea recta y

y el progreso

por sí solo

por sí mismo no garantiza justicia.

Claro,

pensar desde

ahí puede resultar incómodo, sí, pero

también nos permite ser fieles

a lo que aún no ha sido dicho,

a eso
que todavía está esperando su momento.

Si mantenemos una actitud de escucha,
es posible percibir

esas promesas que siguen llamándonos
desde algún lugar.

Walter Benjamin

no nos entrega un sistema cerrado,

ni una teoría paso a paso,

nos deja imágenes,
fragmentos, intuiciones,

pedazos que siguen haciendo ruido,

trozos que siguen incomodando,

no busca explicarlo todo de una vez.

Lo que hace es abrir grietas,

y si estamos atentos

puede que por ahí se cuele

otra forma de mirar.